Fondo de galería. Exposición colectiva
Fondo de galería insiste en los procesos, en el gesto, en el material como fin en sí mismo. Las obras, pertenecientes a artistas de la colección, poseen su propia geografía pero comparten caminos y tierra, extienden mapas, revelan el paisaje al mismo ritmo de nuestros pasos.
En La heredad de Rodríguez-Méndez, niños y niñas dibujan escaleras. No se trata de un ejercicio técnico, sino de la plasmación de un recuerdo: por esta escalera subimos a nuestro origen, memoria todavía reciente durante la infancia. Rodríguez-Méndez interviene las líneas horizontales, “las zonas más sensibles del dibujo, las que reciben el peso del que sube”. Las cubre con gotas de oro, honrando así al camino recorrido desde entonces. El paisaje que aparece en el resto de las obras no se presenta como un territorio estable, sino como una superficie atravesada por fuerzas, tiempos y desplazamientos.
En Cárcava, Álvaro Negro remite a un paisaje erosionado, excavado por la acción del agua, a un díptico castigado por torrentes y sombras.
Desde una economía formal extrema, la obra de Eduardo Martín del Pozo construye un paisaje mental. A través de formas elementales y una paleta depurada de blancos, negros y grises, la pintura se convierte en escenario, en un espacio donde el color se reduce para revelar su condición estructural. La aparición del verde actúa como una evocación de la naturaleza, recordando que incluso la abstracción más contenida sigue siendo paisaje.
La idea de fragmento y de relación se intensifica en el trabajo de Andrés Rodís, donde las obras se conciben como unidades autónomas, abiertas a futuras combinaciones. Al acercarse, las piezas establecen vínculos inestables y provisionales, obligadas a generar una sintaxis común. Como en la poesía, la ausencia de puntuación abre un espacio intermedio donde las formas se afectan mutuamente; se transforman, así, en el mismo momento de ser colocadas.
En Sobre lo que resta, Irene Grau reduce la pintura a su límite material. Las cenizas recogidas de los bosques arrasados tras los incendios se transfieren al lienzo mediante técnicas indirectas, dando lugar a superficies orgánicas y monocromas. La pintura se presenta aquí como resto: del paisaje, del gesto y del propio proceso.
En la obra de Antonio Murado la atención se desplaza hacia la construcción misma del cuadro. Bastidores, costuras, tensiones y fijaciones adquieren protagonismo, revelando aquello que habitualmente permanece oculto. La pintura se entiende como una suma de acciones previas al gesto pictórico, donde la fragilidad y la materialidad del soporte se convierten en portadoras de significado.
La figura humana aparece en el trabajo de Iris Schomaker reducida a su forma esencial. Figuras inmóviles, sin rostro, habitando espacios que oscilan entre la figuración y la abstracción. A través de un proceso de reducción y acumulación gráfica, la artista construye escenas íntimas donde el dibujo y la superficie conservan la memoria del gesto.
La reflexión sobre la memoria, el lenguaje y la herencia atraviesa tanto la obra de Sonia Navarro como la de Amparo de la Sota. En ambos casos, el textil se convierte en un lenguaje visual que vincula lo doméstico con lo político, lo heredado con lo construido. Patrones, costuras y bordados funcionan como sistemas de escritura no normativa, reivindicando un hacer lento y persistente que conecta el acto de coser con el de escribir, y sitúa la práctica artística en un territorio donde la forma precede al significado.
Las obras reunidas en Fondo de galería proponen así una lectura del arte como experiencia de tránsito: subir, erosionar, unir, reducir, tensar, bordar. Gestos mínimos que configuran paisajes comunes y que invitan a recorrer la exposición como quien avanza por un terreno familiar pero desconocido, atento a las huellas.